En el año 1929 la economía mundial cayó en una fuerte recesión, es decir, una caída permanente en la producción y el empleo, que afectó de manera negativa el ingreso de las personas; esta difícil etapa fue conocida como la Gran Depresión. Para aquel entonces, la teoría económica argumentaba que los sistemas económicos debían regularse por sí mismos; por tal motivo, los economistas consideraban que no era conveniente ni deseable que los gobiernos intervinieran en el funcionamiento de la economía nacional.
Sin embargo, la crisis económica iniciada en 1929 estaba teniendo costos demasiado altos para el bienestar de los ciudadanos: la tasa de desempleo crecía diariamente, la producción nacional no mejoraba y la pobreza aumentaba día tras día. Esta precaria situación llevó a que algunos economistas revisaran las premisas de los paradigmas vigentes, especialmente aquello que se refería a la intervención del gobierno en el funcionamiento de la economía.
El pionero en estas reformas del pensamiento económico fue un inglés llamado John Maynard Keynes, quien desarrolló una teoría en la que se llamaba abiertamente a la intervención de los gobiernos para estabilizar la economía a través de un aumento en el empleo y una reducción de la inflación; de esta manera se esperaba procurar un mayor bienestar a todos los ciudadanos. Su propuesta sugería que los gobiernos debían tener un papel activo para resolver los problemas económicos, valiéndose principalmente de dos herramientas: la política fiscal y la política monetaria.